por Maura Arredondo | Jun 20, 2025 | De las plumas 50+1
Jorge estuvo 10 años 7 meses y 15 días en la cárcel. Ingresó a Barrientos el 7 de marzo de 2014, y el 23 de julio de 2017 fue trasladado a Tenango del Valle donde terminó de cumplir su condena el 22 de octubre de 2024. Recuerda las fechas con una precisión que solo tienen quienes han vivido durante años contando los días y las horas. En prisión participó en el programa Knockout: No Tires la Toalla, donde se certificó como entrenador de boxeo y logró reconciliar pasado y presente. Su liderazgo y compromiso le valieron el respeto de compañeros y le permitieron ejercer como profesor en los últimos años de su condena.
Desde su liberación ha buscado empleo formal sin éxito. Ha sido entrevistado para trabajar como guardia de seguridad o en la industria alimentaria, y también ha intentado acceder a puestos en gimnasios aprovechando su experiencia como boxeador. Cuenta sobre su última entrevista laboral: “Me preguntaron mi nombre, si estoy casado y si tengo dependientes económicos. La mamá de mis dos hijas se fue hace muchos años y respondí que busco dinero para mantenerlas y darles una buena educación. Cuando me pidieron los documentos, entregué originales y copias y me dijeron que faltaba la carta de no antecedentes penales. Les dije la verdad, no me gusta mentir. Vengo saliendo de prisión y no cuento con ese documento, pero me urge el trabajo para sacar a mi familia adelante. Me dijeron que el único detalle era la carta de antecedentes no penales. Comentaron que me llamarían, pero esa llamada nunca llegó. Volví a presentarme y se disculparon porque el puesto ya lo había ocupado otra persona sin antecedentes. Les dije que muchas gracias y los llené de bendiciones, porque sé que en algún momento me va a tocar a mí”.
Tristemente, ese diálogo se ha repetido una y otra vez en numerosas entrevistas a lo largo de los últimos meses. A veces la familia de Jorge no tiene qué comer, él recoge botellas y junta fierros para ganar unas monedas, o barre las entradas de algunas casas a cambio de una tacita de frijoles o de tortillas. “Cuando digo que estuve en la cárcel me miran de arriba a abajo y se siente feo, pero el que persevera alcanza y no tiraré la toalla hasta el final”. ¿Y no te han invitado a delinquir? “Claro, desde antes de salir ya tenía ofertas de ese tipo, pero lo mío no es por ahí. Estar en prisión me enseñó a trabajar, aprendí a hacer artesanías, a jugar ajedrez… hay personas que cambian y ese es mi caso”.
De acuerdo con el Instituto de Reinserción Social de CDMX solo el 5% de las personas liberadas de prisión consigue empleo formal; el 20% se dedica al comercio informal y el 75% restante no encuentra trabajo. Esto disminuye drásticamente sus posibilidades de reinserción en la sociedad: según el INEGI, una de cada cinco personas en prisión ya había sido juzgada por un delito anterior.
Aunque es una práctica común, exigir la carta de no antecedentes penales para acceder a un empleo vulnera derechos constitucionales. Constituye una forma de discriminación, infringe el derecho al trabajo y dificulta la reinserción social de quienes ya han cumplido su condena.
La prisión es una de las formas en las que el Estado sanciona a quienes han cometido un delito, con la promesa de una eventual reinserción. Una vez cumplida la condena, la deuda con la sociedad debe considerarse saldada. La exclusión laboral prolonga el castigo más allá de lo legal y lo ético, pero además debilita el principio de reinserción social consagrado en el artículo 18 constitucional. Negar una segunda oportunidad es desconocer la capacidad humana de cambio y alimentar la reincidencia que en principio se busca combatir.
Quienes salen de prisión enfrentan un entorno hostil: muchas veces vuelven a los contextos que los empujaron a delinquir y a menudo internalizan nuevas conductas delictivas dentro del penal. Cuando, pese a todo, deciden reconstruir su vida, encuentran en su camino un muro de estigma, exclusión laboral y marginación social. La sociedad y el Estado tienen la obligación de generar entornos que ofrezcan oportunidades reales; de lo contrario, presionan hasta la desesperación sin brindar salidas, perpetuando así el ciclo de reincidencia.
Fuente: eluniversal.com.mx
por Maura Arredondo | Jun 18, 2025 | De las plumas 50+1
México ascendió un lugar (55) como la economía más competitiva del mundo de un total de 69 naciones de acuerdo con un reporte publicado el lunes que mide el desempeño económico, la eficiencia gubernamental, la eficiencia empresarial y la infraestructura.
En la región sólo Colombia está una posición arriba, mientras que Brasil y Argentina están por debajo de nuestro país que tiene las mejores calificaciones en la baja tasa de desempleo y en la fuerza laboral; conviene recordar que, del total de población ocupada un 55% se encuentra en la informalidad.
Para cambiar la situación, el Instituto para el Desarrollo Gerencial que publica la Clasificación Mundial de Competitividad, propone que crezca el mercado interno, reformas para mejorar la educación, energías limpias, fomentar las relaciones con las economías más relevantes del mundo y un crecimiento del 3% del PIB.
Los resultados son favorables en economía interna e inversión extranjera; por el contrario, las áreas menos competitivas son legislación para los negocios, el marco institucional y social. Otros rubros mal calificados para México se encuentran en educación e infraestructura tecnológica.
Sin embargo, al interior del país el balance muestra diferencias notables. Así lo refleja el Índice de Competitividad Estatal (ICE) elaborado por el IMCO que se compone de 53 variables agrupadas en seis subíndices que mide la capacidad de los estados para generar, atraer y retener talento e inversión.
Publicado hace unos días, el ICE 2025 sólo coloca a la Ciudad de México en un nivel de competitividad muy alta; 16 entidades se encuentran en un rango de competitividad media a muy baja, es decir, la mitad del país.
El informe documenta con precisión las condiciones de infraestructura, mercado laboral, legislación y entorno social que muestran que el país avanza a dos o hasta tres velocidades. Mientras los estados del norte, noroeste y Bajío ofrecen condiciones regulatorias, infraestructura física, condiciones de negocios y oportunidades educativas sobresalientes, el centro y sur mantiene un rezago evidente.
Respecto de 2024 se registran avances notables en Hidalgo, Guanajuato, San Luis Potosí, Tlaxcala y Puebla y retrocesos en Veracruz, Quintana Roo, Campeche y Tabasco. Las entidades con mayor y más profundo rezago en competitividad siguen siendo Guerrero, Oaxaca y Chiapas.
El Plan México propuesto por la actual administración federal es una estrategia vital para impulsar el crecimiento local mediante el financiamiento a Pymes y el aumento de la producción nacional. Para el IMCO representa una oportunidad de desarrollo económico para las 32 entidades federativas si apuestan por la innovación, la creación de infraestructura de calidad y un mercado laboral competitivo.
El mapeo de la competitividad local nos ofrece una ruta sobre los grandes desafíos que tenemos por delante. Los desequilibrios regionales están ahí pero también la ausencia de alianzas entre gobiernos locales para compartir experiencias y asumir una colaboración interregional comenzando por los servicios básicos.
Los Censos de Población muestran que las tendencias de migración interna se dirigen hacia regiones de vocación industrial, comercial, turística y financiera porque es ahí donde existen mayores oportunidades de desarrollo profesional, laboral y educativo. Las desigualdades y las diferencias no son inevitables.
Fuente: elsoldemexico
por Maura Arredondo | Jun 17, 2025 | De las plumas 50+1
El domingo pasado, en el Consejo General del INE se vivió una noche triste. Se tiraron por la borda más de tres décadas de avances democráticos.
Lo que mal empieza, mal acaba. La mal llamada reforma judicial comenzó torciendo la ley para que, con sólo el 54 por ciento de los votos, el INE y el Tribunal Electoral les otorgaran 75 por ciento de las curules. Lo mismo ocurrió en el Senado, donde, mediante acciones inconfesables, se llevaron a tres senadores que habían llegado por la coalición opositora y uno de MC, cuyo secuestro no ha quedado claro.
La elección se desarrolló en medio de diversas irregularidades graves, dolosas y determinantes; irónicamente, los profesionales del Derecho quedaron en estado de indefensión, sin representación ni acceso a las actas de cómputo, las cuales, por cierto, aún están siendo solicitadas por algunos participantes para ejercer su derecho de defensa. Valdría la pena preguntarnos: ¿qué haría el caudillo López Obrador si a él le impidieran siquiera pedir “acta por acta”? Ya ni hablar del famoso “voto por voto”.
El domingo pasado, en el Consejo General del INE se vivió una noche triste. Se tiraron por la borda más de tres décadas de avances democráticos. Cinco consejeras y consejeros propusieron no declarar la validez de la elección hasta que la Suprema Corte de Justicia y el Tribunal Electoral resolvieran sobre su constitucionalidad.
Entre los argumentos expuestos: posible propaganda ilícita pagada con recursos prohibidos y distribuida en gran parte del territorio nacional; inducción al voto mediante el reparto masivo de acordeones, el ‘elefante en la sala’, como lo llamó el consejero Arturo Castillo); candidatos con 100 por ciento de los votos, incluso cifras superiores al padrón electoral; boletas sin doblar que no cabían en la rendija de la urna; coacción del voto; coincidencias de caligrafía; robo de paquetes, entre otros. Cabe destacar que, por todo esto, el INE ha recibido 50 quejas.
La votación terminó seis a favor de declarar la validez y cinco en contra. Uno de los votos que más sorprendió fue el de la consejera Carla Humphrey, quien hizo un impecable recuento de las irregularidades, pero votó a favor de validar la elección.
Nunca un fraude fue tan evidente para la población en general. Ahora sólo falta que pretendan arrojar la carga de la prueba a los indefensos candidatos o a los ciudadanos.
Por eso, como ciudadanos mexicanos hemos interpuesto un juicio de protección de derechos político-electorales del ciudadano, ante la profunda y evidente vulneración de principios constitucionales, y también acudiremos a organismos internacionales competentes.
¿Con qué autoridad el máximo tribunal del país podrá exigir respeto a la Constitución si justo surge de la violación de la misma?
Me quedo con la frase de la consejera Dania Ravel: “Si no tomamos las medidas necesarias, como no declarar la validez de la elección, estaremos transmitiendo el mensaje de que esto no tiene consecuencias”. Y así se perfila la segunda parte de esta simulación: la elección de 2027.
Fuente: heraldodemexico.com.mx
por Maura Arredondo | Jun 16, 2025 | De las plumas 50+1
Esto no es una metáfora. El mundo se incendia. Se desborda. Se polariza. Y lo hace frente a nuestros ojos… y no reaccionamos.
El mundo arde. Y lo más inquietante no es el fuego, sino la falta de gritos.
Un rascacielos se incendia en Dubái y no se interrumpe la programación. Un avión cae en la India con más de 240 personas a bordo y, en redes sociales, es apenas una nota que dura cinco segundos en el scroll. Gaza sigue destruida, imposibilitada de recibir ayuda humanitaria, mientras Irán ataca a Israel. En otro extremo del planeta, Estados Unidos celebra 250 años de Fuerzas Armadas con desfiles y cazas cruzando los cielos. Todo, absolutamente todo, ocurre al mismo tiempo. Como si se tratara de un tablero de ajedrez global con piezas que se mueven sin preguntar.
Y sin embargo, nadie grita.
La ética de la deshumanización se ha normalizado. Nos dicen que no pasa nada mientras todo se cae a pedazos. Hemos cruzado una frontera: la del desgano moral. La insensibilidad se ha vuelto un modo funcional de existir.
En África oriental, las sequías extremas provocan hambrunas que afectan a millones. En el sur de Brasil, las inundaciones han desplazado a más de medio millón de personas. Mujeres son mutiladas en nombre de creencias religiosas —en Somalia, Sierra Leona, Sudán— mientras en otras partes del mundo son silenciadas por algoritmos, canceladas por envejecer, por hablar, por recordar. La opresión cambia de máscara, pero es la misma mano la que aprieta.
¿Y de qué sirve conmovernos en los museos de la memoria si memoria es lo que nos falta? ¿De qué sirve llorar mientras subimos a un vagón restaurado que nos relata cómo estaban hacinadas las personas antes de ser llevadas a campos de concentración? Si hoy lo estamos viendo. Si hoy lo estamos viviendo. Si los migrantes cruzan en vagones igual de inhumanos, si La Bestia recorre México arrastrando cuerpos desesperados que son golpeados, violados, secuestrados y desaparecidos. ¿Cuál es la diferencia entre esos vagones y los de antes? ¿Dónde está la línea ética entre historia y presente?
Nos horrorizamos con los relatos del genocidio en Ruanda, de las caravanas de la muerte en el genocidio armenio, de los videos del nazismo. Pero hoy vemos pasar las caravanas de migrantes y lo primero que hacemos es señalar. Pensamos que traen consigo una amenaza, nunca una urgencia. Nunca una vida rota.
Ese es el punto: nos horrorizamos de lo que hicieron otros, pero no de lo que permitimos nosotros. Hay un alivio cómodo en condenar el pasado. No exige acción. Solo memoria. Pero el presente nos confronta. Y lo eludimos.
¿Por qué protestamos por las mujeres mutiladas a miles de kilómetros de distancia, pero ignoramos a las adolescentes migrantes que usan pañal para protegerse de las violaciones durante su tránsito? ¿Dónde está el activismo para ellas? ¿Dónde está la indignación pública?
¿Por qué señalamos con solemnidad a los criminales del pasado y toleramos con resignación a quienes hoy repiten las mismas lógicas? Hacemos memes. Nos reímos. ¿Qué nos pasa?
Hoy todo el mundo es un museo de la memoria y la tolerancia. Solo que sin placas, sin guías, sin exposiciones ordenadas. Está ocurriendo en vivo. Aquí. Ahora. Y quienes lo notan, callan. Porque nadie quiere parecer loco.
¿Pero qué importa parecer locos en un mundo dormido?
La humanidad no solo sufre, también deja de preguntar. ¿Quién ordenó ese ataque? ¿Quién decidió que tal comunidad debía desaparecer? ¿En qué momento entregamos el derecho a opinar sobre si una bomba debe caer o no? El G7 se reúne —solo siete países— y entre acuerdos económicos y defensivos, también deciden implícitamente quién vivirá y quién no. ¿Nos preguntaron? ¿Leímos el contrato?
Nos hemos vuelto espectadores del apocalipsis. Nos cruzamos de brazos y decimos “qué fuerte” mientras vemos, desde un dispositivo, cómo se desmoronan casas, cuerpos, convicciones. Y todo eso no nos roba más de cinco segundos.
Mientras tanto, luchadores sociales son silenciados. Líderes éticos mueren en la sombra. Políticos honestos son devorados por estructuras corruptas que premian la obediencia ciega y castigan la conciencia. Y nosotros… como si nada.
Nos conmueve más la vida amorosa de una celebridad que el genocidio sistemático de un pueblo. Más quién ganará un reality que cuántas familias han sido desplazadas. Vivimos en un presente roto, anestesiado por el entretenimiento, donde el sentido común ha sido sustituido por el zapping emocional.
Y sí, también hay quienes resisten. Quienes se desvelan leyendo leyes, quienes no pueden dormir por el peso del cargo. Pero a esas personas se les exige perfección. No pueden fallar, ni llorar, ni enojarse. Mientras que al corrupto se le justifica, al tirano se le aplaude, al líder autoproclamado se le ofrece un púlpito.
Y también hay quienes se dejaron arrastrar por la marea. Por los reflectores o por el silencio. Figuras que alguna vez fueron símbolo de conciencia global, pero olvidaron que la visibilidad no es sinónimo de valentía. Cuando una causa se convierte en una oportunidad mediática, el mensaje se pervierte. La escena se disuelve y el impacto se pierde.
No es solo una activista, no es un líder religioso, no es un político que negocia a espaldas de los pueblos. Somos nosotros. Somos quienes dejamos pasar. Quienes toleramos, justificamos o nos quedamos en silencio. Porque todo lo anterior no es una colección de excepciones. Es un espejo.
Y ese espejo duele.
¿Y qué decir de quienes usan la retórica de la justicia social para enriquecerse? ¿Cuántos negocian contratos en nombre de los pueblos indígenas sin incluirlos? ¿Qué cinismo se necesita para sentarse en un café a comentar con sorna cuánto dinero se le va a “rebasar al pueblo”, y luego pronunciar discursos sobre dignidad y lucha colectiva?
Y lo peor: a esas personas se les cree. Mientras tanto, quienes hacen bien su trabajo son tachados de ingenuos. Como si la ética fuera una debilidad. Como si la conciencia estorbara.
Y no podemos dejar fuera otro de los absurdos más dolorosos: hay líderes religiosos que pretenden dictar lo que es correcto según sus dogmas, mientras encubren lo verdaderamente aberrante. Ocultan, protegen o callan ante quienes abusan de la fe. Y no abusan cualquiera: abusan de los más indefensos, de aquellos que todavía podían creer.
Y ahí está el error más profundo: pensar que señalar a las minorías que deciden es suficiente para detenerlas. No lo es. Porque ellas se escudan en nuestro letargo. Porque las decisiones más devastadoras no se imponen: se filtran. Se permiten. Se repiten en la mesa, en la broma, en el voto perezoso, en el silencio del que no quiere parecer intenso.
Hannah Arendt lo dijo: el mal no siempre proviene del odio, sino de la obediencia sin reflexión. De cumplir órdenes sin preguntarse por su legitimidad moral. Hoy, esa reflexión grita por ser escuchada.
Bauman habló de la fragilidad de los vínculos. Byung-Chul Han del cansancio existencial de una sociedad que se autoexplota. Simone Weil defendía que la atención radical al sufrimiento del otro es el principio ético más alto. Pero en la era del algoritmo, el sufrimiento dura lo que tarda en aparecer la siguiente notificación.
¿Y qué pasa si ya nadie escucha?
Cuando todo duele, dejamos de sentir. Cuando todo se vuelve rutina, dejamos de actuar. Ese es el peligro más grave: no la catástrofe en sí, sino la resignación generalizada.
La humanidad no puede delegar más su conciencia. Sí, hay estructuras que oprimen. Pero también hay indiferencia, complicidad, cobardía. Y no basta con señalar a quienes detentan el poder si no estamos dispuestos a confrontar nuestras propias omisiones.
¿Y qué estamos dispuestos a hacer? ¿A qué estamos dispuestos por recuperar la fe, la comunidad, el sentido? ¿En qué momento nos convencimos de que no tenemos nada que ver con las guerras?
Esto no es una metáfora. El mundo se incendia. Se desborda. Se polariza. Y lo hace frente a nuestros ojos… y no reaccionamos.
Este no es un llamado al rey. Ni al que se cree rey. Es un grito a quienes saben que hay una línea que no se cruza. A quienes creen que gobernar no es negociar la conciencia. A quienes entienden que el poder, sin integridad, es solo devastación organizada.
Porque todavía estamos a tiempo. Pero ya no queda mucho.
Fuente: elfinanciero.com.mx
por Maura Arredondo | Jun 16, 2025 | De las plumas 50+1
Los principales mandatarios del mundo tienen sus ojos puestos en cómo imponer ventaja a sus propósitos políticos, de expansión, imposición religiosa, económica y cultural; también de predominio sobre la oposición, e incluso de ínfulas imperialistas.
No piensan en las niñas y niños, que nada deben y a todo temen: el horror de ser víctimas de una guerra, quedar heridas, heridos o mutilados, sufrir hambruna, sin hogar, quedar en orfandad, o morir. Emigrar en condiciones deplorables y de gran riesgo con su familia, o solos y solas; cada vez emigran sin compañía de una persona adulta, con las amenazas de sobrevivir el martirio de la trata con diversos fines de explotación; y si llegan a lo que creen es un buen puerto, sobrevivir con miedo por la animadversión hacia su color de piel y apariencia física.
Las niñas y los niños son víctimas inocentes, dice la crónica cotidiana. En realidad son víctimas en un mundo donde quienes lo dirigen desde sus espacios de poder, no quieren aceptar que el futuro de la humanidad ciertamente depende de cómo formemos a las nuevas generaciones para que sean doctas para corregir, los retos de la urgente sostenibilidad del planeta, y para ser congruentes con la Declaración Universal de los Derechos Humanos que nos recuerda después de la Segunda Guerra Mundial que somos una sola familia humana.
Quienes están en los espacios de poder, no les interesan las niñas y los niños, son invisibles. Entre las diversas penurias, hay un flagelo que sigue afectándoles a su desarrollo humano: el trabajo infantil. Desde el 2000, con la influencia de la Convención Sobre los Derechos de la Niñez (ONU 1989) y los acuerdos del plan mundial inscrito en Un Mundo Apropiado para las Niñas y Niños (1999) y el Convenio 138 de la Organización Internacional del Trabajo OIT (1973) que señala cuáles actividades ilegales están inscritas como peores formas de trabajo infantil que incluye la pornografía, lenocinio y turismo sexual infantil, se ordena que cada país proteja, promocione, prevenga y fomente la participación de niñas y niños. Se señala que madres, padres o o quienes ejerzan la tutoría tienen la potestad de cuidar a su familia, y sobretodo establece que cada Estado nacional tiene la obligación de proveer lo necesario para garantizar los derechos humanos de la niñez y su futuro con certidumbre.
Aunque las cifras sobre trabajo infantil han decrecido justo por el marco jurídico arriba mencionado, la OIT señala hay 138 millones de niñas y niños son víctimas de trabajo infantil; de los cuales 78 millones son niños y 59 millones son niñas; 54 millones realizan trabajos peligrosos.
Para erradicar el trabajo infantil en México, es necesario enfrentar los retos multifactoriales que impiden las niñas y los niños sean felices desde ahora; entre ellos lograr la atención de su entorno, su salud y bienestar, y que quienes no van a la escuela, sean incorporados a la educación y se atienda a quien aún es analfabeta. Urge se remonte su pobreza y se logre tengan alternativas de una buena vida, incluyendo por supuesto prevenir no sean cooptados por las delincuencias.
Es necesario insistir que la mejor inversión de un país es la educación. Y ya es tiempo de revisar si esa Nueva Escuela Mexicana está formando a la niñez y adolescencia para enfrentar un mundo que se debate entre la Inteligencia Artificial y las guerras y no deserten de la escuela.
Fuente: elsoldemexico